Reivindiquemos el barrio

Durante muchos años, la construcción fue la principal fuente de riqueza para muchos, símbolo de poder y de bienestar para otros y logro de unas condiciones de habitabilidad mínimas (y dignas) para los menos. Movía un país, agitaba su economía, demostraba poder, y las ciudades competían entre sí por ver quién tenía la mayor obra construida por el más conocido arquitecto, no siempre sinónimo de buen hacer profesional. Centros que no se precisaban, monumentales edificios sin funciones definidas aún en las últimas fases del proyecto, faraónicas obras en pequeñas ciudades que darían servicio a toda una nación.

La construcción, fuente de enriquecimiento para para muchos, ha terminado por hundirnos. No sólo en el plano económico, sino en el social. Ciudades que se colapsan de viviendas, torres cada vez más altas rodeadas de otras que compiten en tamaño, donde los vecinos se cruzan sin conocerse, sin relacionarse, sin interactuar. Lo que parecía que nos iba a salvar, lo que parecía un gran logro, ha terminado por ahogarnos.

Pocos barrios quedan ya que se puedan llamar así. Poca gente queda ya que pueda y quiera ir al mercado, comprar en comercios de su zona, pasear por sus casi inexistentes parques. Los mercados se desabastecen, los pequeños comercios cierran sus puertas, los parques cada vez tienen menos árboles. Los locales no abren por falta de clientes, y los clientes se quejan de la incomodidad de recorrer el barrio de tienda en tienda frente a la inmediatez de un centro comercial. El barrio se queda sin vida ciudadana, trasladada ahora a las grandes áreas comerciales donde lo mismo juega el niño encerrado en un local acristalado que el padre toma un café rodeado de cientos de clientes que lo golpean con sus bolsas al pasar. ¿Dónde quedan las conversaciones con el camarero, ahora absorto en cambios y devoluciones de decenas de gentes que vienen y van? ¿Dónde quedan los juegos de los niños, ahora sumergidos en piscinas llenas de bolas, que potenciaban su creatividad?

Cuando a finales de los años 60, en Barcelona, la familia Olabarría cedió dos hectáreas de terreno para construir un parque, obtuvieron a cambio el permiso para edificar muchas más alturas que las que aceptaba la normativa vigente. Sólo lo paró la lucha incesante de los vecinos, asociados en plena época franquista, quienes viendo el problema que eso les iba a suponer, pelearon hasta conseguir que se cediesen terrenos para construir el parque de Villa Amelia. Desde ahí, muchos más ejemplos se han sucedido: encadenamientos humanos para salvar árboles centenarios, manifestaciones para peatonalizar centros históricos, peticiones para conseguir zonas para el tráfico de vehículos no motorizados.

Sin embargo, ahora pensamos que el progreso humano va asociado a la centralización de servicios: nos ahorra tiempo, dicen sus defensores. Pero, ¿tiempo para qué? Tiempo que invertiremos con toda probabilidad en sentarnos ante el televisor para ver la vida de la primera esposa de un novísimo famoso o las últimas declaraciones de otro político corrupto más. Atrás han quedado las conversaciones en el ascensor con un vecino que pensaba de manera completamente opuesta a nosotros, pero que sin embargo nos abría los ojos, el tiempo charlando con la tendera mientras nos explicaba una excelente receta que ahora ya no usamos porque, para ahorrar tiempo, compramos comida precocinada, o las tardes de las madres charlando en el parque mientras sus hijos rompían las rodillas intentando aprender a montar en bicicleta sin ningún tipo de protección.

Todo eso, desafortunadamente para muchos, se ha ido perdiendo en la mayor parte de los lugares. Nadie piensa en tener servicios cerca, nadie piensa zonas verdes, antes bien, las rechazan porque es espacio que se pierde para aparcar.

¿A qué nos lleva esta huida hacia delante donde sólo esperamos que llegue el fin de semana para meternos de nuevo en nuestro vehículo, conduciendo y soportando atascos para llegar al centro comercial, donde sólo esperamos llegar a casa para sentarnos delante del televisor? Pocos quedan ya que piensen diferente a como lo hacen los contertulios de los programas vespertinos, y nadie sale ya a la calle porque nuestros nuevos amigos están al otro lado de la pantalla. Debemos reaprender a pensar por nosotros mismos, a discutir y reconciliarnos con gente de carne y hueso, a ayudar a quien viene a timbrar a nuestra puerta, y a luchar por lo que tenemos derecho. Sólo queda salvar el barrio, sus parques, sus comercios, sus centros, sus árboles, si nos importa nuestra gente. Sólo nos queda potenciar el barrio como lugar de encuentro si queremos recuperar nuestra vida social. En definitiva, sólo queda reivindicar la vida de barrio como segunda vivienda si al menos nos queremos salvar de nosotros mismos.

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